viernes, 6 de junio de 2008

La montaña mágica… cuesta arriba



Reconozco que disto bastante de ser un lector ideal. A veces leo rápido ciertos párrafos, generalmente los densos, esperando que la tortura pase cuanto antes. A veces leo lentamente porque tengo la cabeza en otras cosas y se me mezclan las palabras escritas con las pensadas. A veces cojo el diccionario a la mínima si no sé el significado de una palabra, rompiendo el ritmo de la lectura, a veces no lo cojo aunque el autor, latino sin duda, esté acribillándome con términos y expresiones locales. A veces disfruto de un ensayo ladrillo sentado en el autobús, otras no puedo ni con el relato más facilón en el sofá de mi casa sin que nadie pueda molestarme, por desgracia.

En ocasiones la lectura de una novela me ha llevado meses. La he tomado con ansiedad, leído con más o menos avidez hasta que las circunstancias me han obligado a soltarla, me olvido, pierdo el rumbo y la engaño con otras lecturas seductoras hasta que mi complejo de culpa me obliga a retomar las cosas donde las dejé… en el mejor de los casos. Lógicamente, lo que me encuentro en esas páginas ya no es lo mismo: o yo he cambiado, o ha sido ella. Pero la tinta no engaña: se pega al papel y allí permanece hasta que el paso del tiempo, o un desafortunado incidente, la deterioran.

Reconozco que soy un pésimo lector. No obstante, a veces ser lector pésimo tiene sus ventajas, sus ocultos placeres que los grandes lectores, los que devoran historias, no imaginan. Me di cuenta de ello al leer La montaña mágica, de Thomas Mann. Comencé esperanzado su lectura hace dos navidades: el tocho estaba esperando en las estanterías del mueble del salón, pacientemente, a que algún valiente se atreviera con él. Su visión imperturbable, día tras día, provocó en mí unas ganas tremendas de abalanzarme sobre él, alimentadas por la contraportada, pero sus más de mil páginas me decían “espera el momento adecuado”.

Como decía, creí que ese momento había llegado en las navidades de 2006. Y comencé su lectura, me familiaricé con la ingenuidad de Hans Castorp (horrendo apellido, por cierto), con la alegre pedantería de su amigo Settembrini, y con la tipa rusa con la que ya sabía desde un principio que iba a haber tema. Me encantaban las descripciones de los lugares más comunes, como la primera vez que Hans entra en su habitación. Pero había algo que no me terminaba de enganchar, su lectura se hacía densa por momentos y tenía la terrible sensación de que, efectivamente, ahí no pasaba nada. Y eso que me encantan –que alguien me pegue un tiro– las historias en las que no pasa nada.

Una serie de circunstancias me llevó a que me olvidara de que estaba leyendo el libro. En realidad, me olvidé de todo. Dos o tres meses después, cuando ya empecé a recordar

cosas, retomé el hábito lector. Había cambiado, simplemente: eran los mismos personajes, las tramas continuaban impecables, los tochos teóricos difícilmente comprensibles estaban ahí… Pero todo estaba envuelto en un halo épico. Los personajes corrían por mis venas, incluso los tochos incomprensibles tenían sentido… en la historia.

Y he ahí el quid de la cuestión. El tiempo pasado había dado la medida a la historia. Una novela cuya acción transcurre en siete años, cuya escritura llevo unos cuantos más –con una guerra de por medio- no puede leerse en siete horas, o en siete días. Falta algo, algo que quizá pueda encontrarse en una segunda lectura, cuando los actos pasados de los personajes se hayan emborronado en la memoria, aunque algunos sigan vívidos en la mente del lector, cuando hayan adquirido el aura mítica, cuando los hechos se hayan desligado de la tiranía igualitaria del presente y ajusten sus proporciones en la memoria.

Los dos, la novela y yo, éramos más ricos, estábamos más preparados, nos habíamos convertido en viejos conocidos, nuestra relación no era fácil, ninguno pensó que lo fuera. Pero ahí estaba.

Y la terminé, no sé cuánto tiempo más tardé en acabarla, si tendría que medirlo en semanas o meses. Pero ya formaba parte de mí, los dos tenías algo en común: el paso del tiempo.

Por azares indeterminados, o por masoquismo puro y duro, comencé al poco una nueva novela, Conversación en La Catedral. Otro tocho épico más grande que la vida, cuya lectura empecé un día de primavera en el salón de mi casa y acabé una calurosa noche de agosto en una cochambrosa habitación de Brooklyn.

Pero eso es ya otra historia.

Firmado por Merridew

9 comentarios:

Violeta dijo...

Uff!! Me has dejado sin palabras, Merri. Un escrito brillante, y con muchisima razón.
Me ha ocurrido igual que a ti muchas veces. Ha tenido que pasar tiempo, para que madurasemos tanto el libro como yo, para poder disfrutar de él.
También me ha pasado que tras releer un libro, descubrí cosas nuevas, que por mi edad o por el momento en el que lo leí, no comprendí, o no me llegó lo suficiente.
Sigue deleitandonos con tus palabras.

Anónimo dijo...

Bravo Merri...
que manera más fascinante de narrar esa relación con según que libros.
Im-presionante.

Eki

Anónimo dijo...

Muchas gracias a los dos, me alegra que hayáis podido sentiros identificados con esto.

Un abrazo.

Merri

Karuna dijo...

Merri, no sabes como te entiendo, a mi me ha pasado a veces, que un libro lo he tenido que dejar sin terminar porque no era el momento, hasta que tiempo atrás lo retomo y lo disfruto aún más.

Sabes, Doris Lessing en El Cuaderno Dorado (en el preambulo) explica este tema muy bien, viene a decir que cada libro tiene 'su momento'...

Un saludo,
karuna

Anónimo dijo...

Entiendo muy bien esa relación personal con los libros, y en mayor o menor medida todos hemos tenido con ellos relaciones largas y duraderas, o relaciones cortas e intensas o aquellas que son como el cuento de nunca acabar...pero es la magia de los libros, a veces los elegimos nosotros, y a veces nos persiguen ellos.
Me encantó la reflexión.

Marsabad.

Milton Malone dijo...

Sí, hay veces que lees el libro que tienes que leer en ese instante y no otro y parece que le sacas todo lo que tiene. A veces también pasa incluso con las personas...

Un saludo, Karuna.

Anónimo dijo...

Merri, no había leído esto, me ha pasado exactamente lo mismo que a ti... y con el mismo libro. Claro que yo lo terminé en 1 año aproximadamente. Lo has descrito estupendamente :-D

Saludos,
Begoña

Jaime dijo...

Este libro me encanta, de mis tres o cuatro favoritos. Thomas Mann es pura elegancia, un auténtico maestro (ahora tengo pendiente Los Buddenbrook...).
Antes de nada, quiero decir que si alguien no lo ha leído, que deje de leer este comentario, porque puede que desvele algo (nada más lejos de mi intención que arruinar el disfrute de esta joya).
Hans Castorp es uno de los mejores personajes que se han creado, porque sigue una evolución plenamente realista y humana.
Settembrini es el maestro ideal.
Madamme Chauchat es la mujer de la que todos nos hemos enamorado alguna vez (siempre se van con un hedonista radical y más bien cabezahueca como Minheer Pipperkorn).
Me lo leí en una semana (miento, tardé dos o tres días más) y durante ese lapso fue como estar realmente ingresado en el Berghof (iuncluso empecé a arroparme con la manta igual que le enseña a Hans su primo Joachim al llegar al sanatorio, costumbre que sigo manteniendo).
Por cierto, el artículo me encanta. Todos hemos tenido libros aparcados en la estantería meses y meses mientras otros tomaban su sitio en nuestra mesita de noche. A mí "Trópico de Cancer", de Henry Miller, me mira con ojos acusadores cada vez que repaso los lomos de mi habitación.

Anónimo dijo...

Ya avisa Mann en el prologo que su lectura te puede llevar incluso 7 años